“Las historias para niños
deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños,
saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber
escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha
pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad
para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy
grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón. si yo
tuviera esas cualidades podría contar con todo detalle una historia preciosa
que un dia me inventé” José Saramago
Antonio era un hombre tranquilo, pasaba sus días sentado
en una mecedora de madera de olivo en el patio de su casa, un patio pequeño,
pero que desprendía todos los olores de un típico mayo primaveral, olía a
libertad. Allí dejaba volar su imaginación y entre murmullos somnolientos de
pronto se levantaba, cogía papel y lápiz y empezaba a escribir, escribía de
cosas cotidianas, de gentes que había conocido, etc. Pero todas las historias
tenían una cosa en común, la inspiración le llegaba siempre cuando estaba a
punto de dormir, cuando se liberaba de tantos y tantos pensamientos y lo único
que deseaba era descansar.
En esos momentos de
somnolencia, cuando se olvidaba de donde vivía, de la sociedad, del trabajo,
preocupaciones, viaja mucho y muy lejos, y siempre le acompañaba un niño, ese
amigo inquieto de mirada avispada y orejas respingonas que siempre le estaba
preguntando, le preguntaba sobre la vida y sobre las situaciones que él, debido
a su corta edad no llegaba a comprender. En uno de esos viajes, Antonio iba
navegando en un velero, precioso y preciso, su proa acuchillaba las tranquilas
olas mientras las jarcias silbaban el suave viento que empujaba las velas.
El niño iba al timón y
Antonio leía un libro de bolsillo muy desgastado por las repetidas lecturas y
anotaciones que habían hecho en él, el libro se titulaba “El Fin”. Picado por
la curiosidad le preguntó por el libro y ante tal pregunta Antonio dejó de leerlo
y le comentó. “Pero niño, si el libro no está escrito, está en blanco y yo tan
solo escribo en él lo que vivo y veo cada dia”
-¿y que ves? Veo un mar
agitado, peligroso, frío y enfurecido. Dijo Antonio
-Eso no es algo muy
agradable señor.
-No, no lo es amigo mío,
pero pregúntate esto: ¿Le tienes miedo al mar?
-Ahora sí, dijo con voz
temblorosa y preocupada.
-jaja pero amigo mío, no te
preocupes, yo no estoy preocupado y voy navegando con un niño que va al timón
pero no sabe navegar, nunca ha dirigido a buen rumbo un velero de esta eslora,
y no conoces las rutas por las que navegamos.
-¿Crees que debería de tener
miedo?
-Hombre visto de esa manera,
creo que sí.
-jaja sí niño, cualquier
otro hombre por loco que esté tendría miedo, pero yo no lo tengo y ¿sabes por
qué?
-¿Por qué señor?
-Porque confío en ti, se que
el mar es traicionero y peligroso, es cruel, pero nosotros no estamos en el
mar, vamos sobre el mar, y tenemos una vela mayor, una menor, un foque, una
foca, un spinnaquer y una exprimidora, cualquiera diría que un niño no es capaz
de navegar, pero si yo confío en él y le enseño qué hacer con las herramientas
que tiene, llegaremos a buen puerto.
-Estás loco señor, coja el
timón que yo no sé, no seee. Dijo el niño
-¿y antes sí?
-Antes dirigias con rumbo
firme el timón y yo estaba ausente en mis pensamientos, ¿qué ha cambiado?
-Puesss, que ahora me doy
cuenta, que no se navegarrr, tengo frio y mucho miedo, snif.
De repente, el tiempo
comenzó a empeorar, el viento a azotar las velas hasta casi desgajar las
costuras y una ola gigantesca abatió el barco, este se zarandeó como un
cascarón de nuez, el niño estaba empapado, los sumideros de la eslora no daban
abasto para achicar todo el agua que había entrado.
-Señooorrr, ayúdeme, por
favor, no se navegarr! Gritó desesperado, por favor ayudameeeeee, con la voz
rota del miedo
-Niño, ESCUCHAME, NIÑO,
gritó desde el otro extremo del velero, cierra los ojos, CONFIA en mí, cierra
los ojossss.
De repente otra ola
zambullió el barco, y el mástil calló enredando las velas y todo lo que
encontraba a su paso
-NIÑO ESCUCHAMEEE!!! (gritó
Antonio mientras se agarraba con una mano a la borda y estaba a punto de caerse
al mar), debes de cerrar los ojos y confiar, confía en tiii.
-Peee pero tengo miedooo,
dijo el niño.
-Yo confío en ti, cierra los
ojos y escucha el mar, escucha el viento y ten firme el timón, rumbo fijo
ciegamente, pero cierra los ojos y guíate por el mar, escucharás el viento,
escucharás las olas y los animales que habitan en el, verás el camino de vuelta
a la calma, la tormenta es muy sonora, potente y sus estruendos aterradores, y
con la vista no puedes ver la salida, debes de cerrar los ojos, sentir el
camino, SIENTELOOO! Dijo casi abatido por la tormenta desde el otro extremo del
barco.
En ese momento, el niño
cerró los ojos y se dejó llevar, viró a la izquierda dando un bandazo y casi
dejando la borda a ras del nivel del mar, luego a la derecha y de repente la
proa se hundió profundamente en una ola gigantesca que les atacó de frente,
mantuvo firme el rumbo mientras capeaba el temporal y el barco se
zarandeaba como si fuera una hoja de papel en un remolino de viento.
Increiblemente la tormenta
fue amainando poco a poco y lentamente mientras el viento dejaba de rugir, las
aguas volvieron a su calma y el velero encontró el camino.
Justo en ese momento el niño
abrió los ojos, y encontró el barco totalmente reformado, las velas en su
sitio, el hombre leyendo el viejo libro y los delfines brincando y jugueteando
entre ellos junto al mástil de proa mientras este atravesaba unas calmas
turquesas, de aguas cristalinas, con un sol radiante y un cielo tan azul que
parecía no haber fin en el horizonte, mar y cielo se unían en una maravillosa
calma oceanica.
-Pe.. Pe.., ¿pero como ha
sido esto señor? No lo entiendo, si las velas antes, el mar, las olas.. usted
se caía por la borda.
En ese momento Antonio
mientras sostenía una fina rama de trigo con su boca, recostado sobre una
hamaca atada de mástil a mástil, levantaba su sombrero de paja rasgado por el
paso del tiempo y lanzando por debajo de él una mirada cómplice, le dijo:
-Pero niño... si el libro no está escrito, está en blanco, yo sólo escribo, lo
que voy viviendo, en el.