Antonio era un hombre solitario,
serio y recto en sus formas, no se le notaba mueca alguna semejante a una
sonrisa, ni sonido parecido al de una carcajada, su voz era ronca y su cara
estaba esculpida al fuego de sus emocionantes aventuras pasadas. Sus vecinos lo
recordaban como un joven alegre, jovial, de mucha vida social, llegó a contar
con muchos amigos, muchos de los cuales aún iban a visitarlo, y otros tantos ni
siquiera querían, o quizás no se atrevían.
Se rumoreaba
entre los vecinos que había tenido una vida muy ajetreada, había conocido los 7
mares y demás continentes, conocido a gentes diversas, culturas que habían
pasado inadvertidas para el resto del mundo.
SALTO
AL VACIO
Sentado en una playa de arena
fina, solitaria, sintiendo el intenso olor de las algas descomponiéndose en la
orilla, observando el mar, sin hacer movimientos, tan solo el de la holgada
camiseta en un vaivén, azotado por el viento de océano, un joven está absorto
en sus pensamientos.
- He pasado toda mi vida dándole
vueltas a lo mismo, ¿Quién soy yo? He escuchado varias veces que a partir de
una cierta edad un hombre debe conocer sus virtudes y sus fallos, para
acentuarlos e intentar cambiarlos respectivamente, ¿pero como voy a saber cual
es mi fallo, si yo no me siento culpable? Es por eso que pasó lo que pasó, ¿tengo yo la culpa de que pasara? O ¿quizás
soy culpable de las desgracias de los demás? ¿Tengo la culpa de no haber podido ayudar
en nada de lo que ocurrió? No, no lo creo, la vida no es tan
sencilla, todo depende del cristal por donde mires, la realidad esta
distorsionada, nadie es objetivo, nadie se pone en el lugar del otro, somos
todos unos egoístas.
Sentado en el resquicio de su
azotea, con la coronilla sangrando, los pies en el vacío, mirando hacia la
nada, se escucha el corazón del joven, un ritmo pausado, pero sin altibajos,
constante, poco a poco va subiendo de intensidad, hasta que, como si de un redoble se tratara, levanta la mirada, y..., el corazón se para! Silencio. Solo se escucha el silbido casi murmulleante del viento.
En mitad de una céntrica ciudad,
todo el mundo va con prisas, en medio de toda la multitud se encuentra el joven, inmovil. No se
escucha nada, todo está en silencio, excepto una carcajada dulce, una voz juvenil que dice –Hola.
En un rojo atardecer, se ve a los dos chicos riéndose, el joven tiene
la mano envuelta en unas vendas, unas vendas enrojecidas por unas heridas profundas que las han teñido de un intenso y a la vez oscuro color. Le cuenta al oído algo a la chica y esta se ríe a carcajada
limpia, de pronto éste baja la cabeza y le mira fijamente con timidez pero
decidido a hacerlo, se nota en sus ojos que el iris se le encoge, el corazón
empieza de nuevo a latir intensamente, tanto que no se escucha nada más que el
bombear de la sangre por dentro de su pecho, hasta que el chico se decide a
hacerlo, no hay escapatoria, es ahora o nunca. Y se besan, se ve como se besan
apasionadamente y los colores del atardecer se vuelven tan intensos que ni la
paleta del propio Dios podría igualarlos.
Luego de esa tarde tan intensa,
volviendo a casa en el coche, los pensamientos del joven son narrados como si de
una obra de teatro se tratara. -¿Que quien soy yo?, no lo se, solo soy uno más
de este mundo lleno de locos, en el que falta amor por todos lados, la gente va
a sus asuntos, ya no se saludan por la calle, ya no se escucha silbar al vecino
al llegar a su casa al medio día, ya no se ven a los niños jugar en las plazas,
una persona ya no es capaz de jugarse el pellejo para ayudar a una persona en apuros, ay!
si se lo pudiera decir, lo que pasó, lo que ocurrió, y... que la quiero, que es la ultima persona en la que
pienso al acostarme y la primera al levantarme y que estando con ella jamás volvería a hacerlo, porque ella representa todo lo bueno de este mundo, ella es
la salvación de este mundo... ya no tendría sentido.