jueves, 20 de noviembre de 2014

EL NIÑO

Las historias para niños deben escribirse con palabras muy sencillas, porque los niños, al ser pequeños, saben pocas palabras y no las quieren muy complicadas. Me gustaría saber escribir esas historias, pero nunca he sido capaz de aprender, y eso me da mucha pena. Porque, además de saber elegir las palabras, es necesario tener habilidad para contar de una manera muy clara y muy explicada, y una paciencia muy grande. A mí me falta por lo menos la paciencia, por lo que pido perdón. si yo tuviera esas cualidades podría contar con todo detalle una historia preciosa que un dia me inventé” José Saramago

            Antonio era un hombre tranquilo, pasaba sus días sentado en una mecedora de madera de olivo en el patio de su casa, un patio pequeño, pero que desprendía todos los olores de un típico mayo primaveral, olía a libertad. Allí dejaba volar su imaginación y entre murmullos somnolientos de pronto se levantaba, cogía papel y lápiz y empezaba a escribir, escribía de cosas cotidianas, de gentes que había conocido, etc. Pero todas las historias tenían una cosa en común, la inspiración le llegaba siempre cuando estaba a punto de dormir, cuando se liberaba de tantos y tantos pensamientos y lo único que deseaba era descansar.

En esos momentos de somnolencia, cuando se olvidaba de donde vivía, de la sociedad, del trabajo, preocupaciones, viaja mucho y muy lejos, y siempre le acompañaba un niño, ese amigo inquieto de mirada avispada y orejas respingonas que siempre le estaba preguntando, le preguntaba sobre la vida y sobre las situaciones que él, debido a su corta edad no llegaba a comprender. En uno de esos viajes, Antonio iba navegando en un velero, precioso y preciso, su proa acuchillaba las tranquilas olas mientras las jarcias silbaban el suave viento que empujaba las velas.

El niño iba al timón y Antonio leía un libro de bolsillo muy desgastado por las repetidas lecturas y anotaciones que habían hecho en él, el libro se titulaba “El Fin”. Picado por la curiosidad le preguntó por el libro y ante tal pregunta Antonio dejó de leerlo y le comentó. “Pero niño, si el libro no está escrito, está en blanco y yo tan solo escribo en él lo que vivo y veo cada dia”

-¿y que ves? Veo un mar agitado, peligroso, frío y enfurecido. Dijo Antonio
-Eso no es algo muy agradable señor.
-No, no lo es amigo mío, pero pregúntate esto: ¿Le tienes miedo al mar?
-Ahora sí, dijo con voz temblorosa y preocupada.
-jaja pero amigo mío, no te preocupes, yo no estoy preocupado y voy navegando con un niño que va al timón pero no sabe navegar, nunca ha dirigido a buen rumbo un velero de esta eslora, y no conoces las rutas por las que navegamos.
-¿Crees que debería de tener miedo?
-Hombre visto de esa manera, creo que sí. 
-jaja sí niño, cualquier otro hombre por loco que esté tendría miedo, pero yo no lo tengo y ¿sabes por qué?
-¿Por qué señor?
-Porque confío en ti, se que el mar es traicionero y peligroso, es cruel, pero nosotros no estamos en el mar, vamos sobre el mar, y tenemos una vela mayor, una menor, un foque, una foca, un spinnaquer y una exprimidora, cualquiera diría que un niño no es capaz de navegar, pero si yo confío en él y le enseño qué hacer con las herramientas que tiene, llegaremos a buen puerto.
-Estás loco señor, coja el timón que yo no sé, no seee. Dijo el niño
-¿y antes sí?
-Antes dirigias con rumbo firme el timón y yo estaba ausente en mis pensamientos, ¿qué ha cambiado?
-Puesss, que ahora me doy cuenta, que no se navegarrr, tengo frio y mucho miedo, snif.

De repente, el tiempo comenzó a empeorar, el viento a azotar las velas hasta casi desgajar las costuras y una ola gigantesca abatió el barco, este se zarandeó como un cascarón de nuez, el niño estaba empapado, los sumideros de la eslora no daban abasto para achicar todo el agua que había entrado.

-Señooorrr, ayúdeme, por favor, no se navegarr! Gritó desesperado, por favor ayudameeeeee, con la voz rota del miedo
-Niño, ESCUCHAME, NIÑO, gritó desde el otro extremo del velero, cierra los ojos, CONFIA en mí, cierra los ojossss.

De repente otra ola zambullió el barco, y el mástil calló enredando las velas y todo lo que encontraba a su paso

-NIÑO ESCUCHAMEEE!!! (gritó Antonio mientras se agarraba con una mano a la borda y estaba a punto de caerse al mar), debes de cerrar los ojos y confiar, confía en tiii.
-Peee pero tengo miedooo, dijo el niño.
-Yo confío en ti, cierra los ojos y escucha el mar, escucha el viento y ten firme el timón, rumbo fijo ciegamente, pero cierra los ojos y guíate por el mar, escucharás el viento, escucharás las olas y los animales que habitan en el, verás el camino de vuelta a la calma, la tormenta es muy sonora, potente y sus estruendos aterradores, y con la vista no puedes ver la salida, debes de cerrar los ojos, sentir el camino, SIENTELOOO! Dijo casi abatido por la tormenta desde el otro extremo del barco.

En ese momento, el niño cerró los ojos y se dejó llevar, viró a la izquierda dando un bandazo y casi dejando la borda a ras del nivel del mar, luego a la derecha y de repente la proa se hundió profundamente en una ola gigantesca que les atacó de frente,  mantuvo firme el rumbo mientras capeaba el temporal y el barco se zarandeaba como si fuera una hoja de papel en un remolino de viento.

Increiblemente la tormenta fue amainando poco a poco y lentamente mientras el viento dejaba de rugir, las aguas volvieron a su calma y el velero encontró el camino.

Justo en ese momento el niño abrió los ojos, y encontró el barco totalmente reformado, las velas en su sitio, el hombre leyendo el viejo libro y los delfines brincando y jugueteando entre ellos junto al mástil de proa mientras este atravesaba unas calmas turquesas, de aguas cristalinas, con un sol radiante y un cielo tan azul que parecía no haber fin en el horizonte, mar y cielo se unían en una maravillosa calma oceanica.

-Pe.. Pe.., ¿pero como ha sido esto señor? No lo entiendo, si las velas antes, el mar, las olas.. usted se caía por la borda.


En ese momento Antonio mientras sostenía una fina rama de trigo con su boca, recostado sobre una hamaca atada de mástil a mástil, levantaba su sombrero de paja rasgado por el paso del tiempo y lanzando por debajo de él una mirada cómplice, le dijo:

-Pero niño... si el libro no está escrito, está en blanco, yo sólo escribo, lo que voy viviendo, en el.

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